jueves, 2 de septiembre de 2010

Empasionantemente hablando


Empasionadamente hablando
se pueden decir muchas cosas
pero ninguna 
como que me vuelve loco
esa forma de sonreír
cuando nos empasionamos.

Y ya puestos a hablar
puede caernos el cielo encima
que seguiremos quemando
en el infierno de la risa
la cáscara del mundo
para saborearlo 
lentamente
sobre
el paladar.

Será entonces la distancia
la manera que tengamos
para recoger leños
y avivar el fuego
cada vez que se crucen
entre nosotros
miradas cómplices.

Del mismo modo
que cuando lo que crucen
sean oscuros barcos
como fueguitos de vida
alumbremos como faros
las noches invernales

y nunca más haya
navegantes solitarios
perdidos
por el Mediterráneo

(Que nos une y nos des-une, como una mujer perfumadita de brea)


Empasionantemente hablando
se pueden decir muchas cosas
pero ninguna
como que te extraño.

sábado, 28 de agosto de 2010

Antes que el maquillaje de la rutina
me cubra todo el cuerpo de gris
debería confesarte que en realidad sí
que sí te quiero, por aquí, bajo la piel

Pero no tienes porque saberlo
¿Para qué?
Avisar es de cobardes

Lo importante es que yo lo sepa
porque no estoy muy seguro
y las entrañas gritan
hinchadas de mariposas
extremeñas
Que desean volar

martes, 13 de julio de 2010

¿Cuánto es lo suficientemente al Norte?

Hay un lugar más allá del fantasma del silencio, cerca del Círculo Polar y del fin del mundo.
Un sitio donde sobrevivir.


No estoy seguro de su situación exacta, juraría que cambia con los vientos polares. A veces no lo encuentro por mucho que busque y otras veces aparece de improviso. Lo veo en unos labios, entre unas piernas, en una mirada, en Madrid, Nueva York, África, la remota Kamchatka o en un cabo al oeste de Islandia. Todo depende del día y de si me arrastra el Poniente o el Siroco.



El sitio del que os hablo es una zona de acantilados y playas al borde mismo del fin del mundo, el último reducto emergido antes de la eternidad oceánica. No es un sitio muy habitado pero tampoco reina la desolación, más bien podría decirse que es lugar tranquilo.

Toda la atmósfera de la vida queda definida por el gigantesco horizonte, donde cielo y océano se disputan la inmensidad. Cuando la vista se pierde en la lejanía llegas a comprender que más allá no hay nada, que ya no vislumbrarás África si miras lo suficiente, sólo el mar. De este modo la tierra que pisas pierde todo el protagonismo, convirtiéndose en una pequeña extensión del agua que te rodea.

Las aves siembran toda la costa de pequeños y medianos fragmentos de cristal de diversos colores, y aunque nadie sabe cual es la razón de este comportamiento a veces algunas personas les ayudan en su interminable labor.
Tengo algunas teorías sobre la finalidad de estos constantes vuelos que en algún otro momento me gustaría poner en común. Pero debéis entender que importa poco, que sea cual sea, algún o ningún motivo, ocurre, y ahí radica la maravilla del hecho.

El agua está fría, pero no lo suficiente como para impedir bañarte. Si haces un pequeño esfuerzo puedes pasear por la orilla y sumergirte en el mar a cualquier hora, incluso por la mañana temprano, con la salida del Sol, que es cuando más tranquilo está todo.
Las velas que se recortan contra el horizonte son siempre triangulares, latinas, y sorprendentemente se pescan muchas sardinas por la zona.

Y la luz. La luz, es la última protagonista de este nórdico imperio. Luz solar o lunar alternativamente sumergiéndose en el océano y luz de las estrellas reflejándose en el cielo. Probablemente uno de esos espectáculos que no puedes dejarte morir sin haber contemplado por lo menos una vez.



Esto es todo lo que sé, el resto sólo puedo imaginarlo. Me gusta pensar que allí se desayuna siempre tostadas con mermelada, una taza de café bombón muy caliente y una bonita sonrisa.






Sería maravilloso poder coger uno de esos sucios trenes y DESAPARECER

viernes, 9 de julio de 2010

Cinema Paradiso

–¡Totó, llévame al mar! –susurró el viejo al otro lado de la pantalla.
–¡Venga Miquel, llévame al mar! –me dijo ella, quemándome al contacto con su piel ardiente –. Llévame al mar y cuéntame una de esas historias de marineros anarquistas y de guerrilleros locos. ¡Vamos! Que hace tiempo que me debes una buena historia de amor.
Me acurruqué en el sofá e intenté concentrarme en el viejo ciego, que ahora paseaba junto a las olas. A mi lado podía oler sus labios, tan cerca, acelerando por momentos el ritmo de su respiración. Sus vapores me embotaban los sentidos impidiéndome atender siquiera un poco a la televisión.
–Así no hay quién se enteré de la película –le reproché falsamente.
Fue entonces cundo se acercó y casi rozando sus labios con los míos me soltó:
–Venga hombre, ¡No te hagas de rogar! –rápidamente se retiró sin haberme besado, fingiendo un repentino interés por lo que ocurría en la pantalla.

¿Que qué hice? ¿Pues qué iba a hacer carajo? Imagínate, con unos ojos así cualquiera le dice que no a la chiquilla. Al mar, a Roma y al fin del mundo si hiciera falta.

miércoles, 23 de junio de 2010

Cantinela de un verano pasado

Todos se olvidaron de aquellos tiempos, tan lejanos hacia atrás. Ni tan siquiera los más ancianos recuerdan, ya que aunque quedó testimonio en los cuentos populares de su niñez el ritmo frenético de vida moderna nos hizo olvidar como escuchar, como recordar.
Nadie recuerda.
Bueno, casi nadie...


Una vez, en un tren de esos que ya no quedan, con sus compartimentos y todo, coincidí con uno de los hombres más interesantes y misteriosos que jamás he conocido.
A algunos ya os he hablado de él, un señor tipicamente inglés, no excesivamente alto y siempre con un sombrero bombín y una gabardina negra. A otros, no he sido yo quién os lo contaba, si no un tal Ende al final de su relato sobre la vida de Momo. 

De una u otra manera, resulta que en aquel tren nocturno, camino del norte no teníamos muchos pasatiempos, ya que el cielo estaba encapotado y la única luz visible era la flecha anaranjada sobre los raíles.
Envueltos en este ambiente opresivo todos intentamos dormir un poco, intentamos olvidar que todo fuera de nuestro habitáculo era oscuridad. Algunos cayeron, pero la mayoría no conseguíamos conciliarnos con el sueño. ¡Imaginaos! ya en aquel entonces empezábamos nuestra andadura de insomnes.

Sin previo aviso, el hombre del sombrero, que llevaba toda la noche sin decir nada mirando por la ventanilla (convertida en espejo debido a la oscuridad exterior) se levantó y con un silencioso gesto nos reunió a su alrededor.
De un bolsillo de la gabardina se sacó un pequeño papel fotográfico doblado varias veces sobre si mismo. Tras mirar durante largo rato su amarillento recuerdo levantó la vista, y bajando la voz susurró:
- Está oscuro ¿verdad?
Pues habéis de saber que hubo un tiempo en que la Luna estaba tan cerca de la Tierra que podía aparecer en cualquier momento por debajo de las nubes, y si acercábamos una escalera lo suficientemente grande...

jueves, 10 de junio de 2010

Cap problema

¿Cómo demonios llegar al cielo sin morir en el intento?

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Era tan chiquita que el tiempo se la comió de un bocado
sólo quedó un reflejo de su pelo en mis manos
de sus ojos en los míos
y de sus sueños dando vueltas por mi cabeza


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Quizás, al fin y al cabo, la Luna no exista y el cielo no sea más que un espejismo del fondo del mar


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El Rock&Roll del insomnio huele como las mañanas de café bombón y churros

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Tal vez los piratas, cuando mueren, se convierten en caracolas, para así poder cantar sus aventuras por los siete mares a todo aquel que esté dispuesto a acercar la oreja y escuchar


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El cielo, hoy, es un espejo del mar, en el que las naves de los que se embarcaron hacia Ítaca se mecen brillantes, allá sobre nosotros;
y mientras, formas de dragones y de caballeros andantes se cruzan, juntandose efímeramente en la infinidad del viento;
y los girasoles, incapaces de resistir tanta belleza, olvidan al agonizante sol y dirigen sus cabezas hacia la inmensidad del mar.